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12Ene2019

En este artículo voy a hablarles sobre una cuestión que cada vez importa a más familias, un tema por la cual nos consultan más a menudo, y cuya respuesta es siempre difícil ya que depende de cada niño. La pregunta es: ¿a qué edad deben los niños aprender a leer?

Por ejemplo, en Finlandia, todo un referente en temas de educación, los niños no aprender a leer hasta los 7 años. Pero lo más significativo de este país es que al cabo de sólo dos años, los niños finlandeses lideran todos los rankings en temas de competencias lectoras. ¡Y eso es así desde hace 21 años!

[…]

9May2018

En este artículo, pretendemos, y basándonos siempre en nuestra formación y experiencia, brindarles una serie de pautas y recomendaciones sobre uno de los comportamientos que más suelen alterar tanto a papás como a mamás y que muchas veces, es origen de conflictos familiares, llegando incluso a convertirse en fuente de problemas entre el papá y la mamá, por su desconocimiento de cómo afrontar esa situación.

Son muchas las familias que nos consultan sobre este comportamiento en sus hijos/as. A través de este artículo pretendemos ampliar los consejos a todas las familias para que, llegado el momento de la pataleta, que sin duda un día u otro se dará, conozcan los motivos por los que el niño/a actúa de esa manera, y sepan cómo actuar en ese caso.

La pataleta no es un comportamiento normal

En primer lugar, deben saber que la pataleta es una reacción anormal del niño ante una negativa a una petición o acción que desea realizar. El niño puede llegar a hacer un sinfín de reacciones anormales: tirarse al suelo, agredir a los padres, correr hacia el patio, darse golpes contra el suelo, gritar hasta quedarse sin voz,…. Este tipo de conducta suele aparecer alrededor de los 2 años y tiene por objeto afirmar su personalidad y demostrar su poder ante ustedes.

Como toda conducta anormal, ésta no debe ser permitida. La primera reacción de los padres y adultos que rodean al niño (de común acuerdo) debe ser la de ignorar al niño hasta que este recupere su comportamiento normal. Desde el momento que el niño inicia la pataleta, deja de existir para los papás. Papá y mamá conversan de cualquier otra cosa y no le prestan atención. Sabemos que puede ser difícil mantenerse en esta actitud de ignorar al niño, pero es precisamente eso, nuestra atención, lo que el niño/a busca con esa pataleta, por lo que él debe ver que no la conseguirá por mucho que haga. Debemos ser firmes y estar de acuerdo papá y mamá sobre la acción a seguir. Es muy importante que papá y mamá hablen sobre esto con todos los adultos que están involucrados en la formación del niño/a, de forma que todos actúen igual cuando se presente la pataleta. Si no es así, el niño/a aprenderá rápidamente con quién le funcionan las pataletas y será un recurso que utilizará con el adulto que se lo permita.

Siguiendo con el momento de la pataleta, repentinamente, cuando el niño vuelve a una conducta normal, reaparece en escena y existe de nuevo para sus papás, quienes le pueden decir: “así te queríamos ver, como un niño grande…etc.” y hacerle alguna caricia. Con esto están dando a entender que la actitud que papá y mamá van a premiar con su atención y cariño será la normal. En los niños más grandes, se les puede explicar: “¡Nos gusta que las cosas que pidas, lo hagas en buena forma! ¡Si te negamos algo, tenemos nuestras razones, hablemos de ello!”. Con posterioridad a los 5 a 6 años las pataletas suelen desaparecen.

Una forma de pataleta o rabieta es el dejar de comer, costumbre que adoptan los niños entre los 2 a 3 años, para llamar la atención y debiera tener el mismo tratamiento. Nunca se debe castigar a un niño y menos a raíz de una pataleta, esto sólo reforzará estas conductas anormales.

A veces, los niños tienen pataletas cuando se sienten frustrados consigo mismos, porque no consiguen armar algo, porque sus padres no entienden lo que ellos dicen. Los niños mayores pueden estar frustrados a causa de su incapacidad para hacer la tarea escolar. En estas ocasiones, su hijo necesita estímulo y un papá o mamá que lo escuchen. Apóyelo diciendo: “Sé que es difícil, pero vas a mejorar. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?” Minimice los errores y aumente o elogie sus logros aunque sean pequeños.

Otra cuestión importante es: “¿Qué hacer cuando papá y mamá no pueden permanecer impávidos ante la pataleta, por ejemplo cuando ésta se produce en un lugar público? En este caso, de gran incomodidad para los papás, el niño/a sabe que ustedes están en desventaja y que no pueden tratarlo/a como en casa (ignorándolo). La manera en que deben proceder es: sáquenlo del recinto y llévenlo a un lugar calmado en donde pueda aplicar las técnicas mencionadas. En otras oportunidades puede conversar con él y darle una advertencia (que puede y debe cumplir) explicándole la negativa o razón que motivó la rabieta del niño. Es muy importante que no ceda ante la rabieta por ningún motivo. Es mejor dar un plazo de tiempo y no pedir que la rabieta termine de inmediato, porque es prácticamente imposible.

Hay otro tipo de pataletas, que son las de tipo perturbador o destructivo, o que causan demasiada alteración en la casa; para éstas, utilice suspensiones temporales, de juegos, salidas, de horario de TV. Lo más eficaz es suspender temporalmente al niño/a en aquella actividad que usted sepa que más le agrada a su hijo/a. Trate en todo caso de actuar como padre/madre, no se burle de él, no lo ponga en vergüenza delante de otros niños o adultos. Dele tiempo a que se recupere, él es un niño, por mucha vergüenza que le haga pasar a usted, debe tenerle paciencia y actuar en forma lo más neutramente que pueda. No reaccione con ira, que el niño/a lo vea desubicado o gritándole desencajado por la situación, sería como responder con otra pataleta hacia el niño.

Otras orientaciones sobre pataletas o rabietas

Tener emociones y sentimientos, sean cuales sean, es parte de la condición humana. Sentir es vivir. La tendencia educativa en la familia y en la escuela suele ser la de controlar y eliminar cualquier manifestación abierta de los sentimientos (especialmente los negativos). Pero los niños no se inhiben, ellos expresan los sentimientos fácil y naturalmente, de forma sutil, o bien, extremadamente intensa. Sin embargo, deben aprender a manejar sus emociones ante la sociedad y a encontrar formas adecuadas de encauzar la “poderosa energía” con que nos cargan los sentimientos. Para ello, los niños dependen de la información que les proporcionan sus padres. Pero comprender las emociones y ayudar a nuestros hijos a expresarlas adecuadamente, no es una tarea fácil.

Con la primera pataleta, el niño descubre el poder que puede llegar a tener, se da cuenta que éstas son una forma de controlar y manipular a sus padres, pues ve que éstos se aburren, se asustan… y la mayoría de las veces, ceden ante las exigencias y caprichos del niño/a. De esta forma, las pataletas no cesan de repetirse y se convierten en un recurso habitual en el niño/a cada vez que algo le es negado…

No olviden nunca esto: Sus hijos/as les pondrán a prueba constantemente. Necesitarán comprobar si la unidad familiar es lo suficientemente fuerte para sostenerlos. Desearán saber si su disciplina es consistente.

Será un periodo difícil hasta que sus hijos comiencen a crecer con la seguridad de ser amados y valorados, hagan lo que hagan, y de que ustedes están “ahí” siempre para apoyarlos y cuidarlos. Insistimos en que durante este proceso será importante que ustedes reaccionen con calma y serenidad entendiendo este tipo de conductas, evitando en ustedes mismos sentimientos de fracaso, culpa,…

El “consuelo” (lo escribimos entre comillas) es que deben saber que no es un asunto que afecte sólo a su hijo/a y a ustedes de forma única, sino que, como hemos afirmado anteriormente, es un proceso normal y relativamente habitual en todos los niños/as. Ya, si detectan que en su hijo/a se repite más de la cuenta, sin duda se debe a que en alguna ocasión la pataleta le ha servido al niño para conseguir lo que pretendía y, como los niños son muy inteligentes, lo repiten para ver si vuelven a tener suerte.

Las pataletas corresponden a una etapa evolutiva normal y necesaria en la que el niño intenta lograr su autonomía y reafirmación, debido a la adquisición de la conciencia de sí mismo, de su propia identidad y de los adultos que le rodean (“Esta es mi mamá, éste es mi papá y voy a comprobar qué límites están dispuestos a ponerme.”)

Si se tratan adecuadamente estas situaciones, esta etapa desaparecerá progresivamente.

En resumen, “¿Qué hacer ante una pataleta?

  • No permitir una rabieta: Cuando comience, simplemente ignórela o contenga físicamente al niño si se trata de una conducta violenta o destructiva, mostrando una actitud enérgica y firme.
  • Dar al niño una oportunidad para tranquilizarse: Lo mejor es llevar al niño a otra habitación, aislarle y decirle que esperamos que estando solo se le pase la pataleta y pueda pensar que no es correcta su actitud. Lo importante es que ellos sientan que una rabieta tiene consecuencias negativas y que no merece la pena repetir la “función”.
  • Muy importante, no se puede razonar con un niño si está bajo los efectos de una pataleta o mal genio: Es mejor alejarse de él. Si se le riñe o castiga físicamente en este momento, incluso podemos aumentar la intensidad de la conducta que queremos eliminar. En muchas ocasiones les hemos recomendado lo importante de una buena comunicación, pero deben saber que en el momento en que el niño está en una pataleta, no se dan las condiciones para que haya una buena comunicación, por tanto es mejor esperar a que cese la rabieta
  • Una vez que haya desaparecido la pataleta, haga saber al niño/a que si está enfadado por algún motivo, la pataleta o la agresividad, no es el modo adecuado de resolverlo: Dígale que entiende lo que siente, pero muéstrese enfadado por lo que ha hecho y explíquele que su conducta es inaceptable y que en adelante no se va a permitir.
  • Evitar comportamientos y actitudes de lástima o sobreprotección que nos lleven a ceder u otorgar los deseos del niño. Lo importante es mantener la calma y “poner palabra” a lo que vuestro hijo está sintiendo (rabia, miedo, inseguridad…).
  • Proporcionar al niño modelos de conducta controlada que le adviertan que toda conducta agresiva o caprichosa no resulta beneficiosa: Comencemos por casa, evitando que el niño vea conductas “caprichosas” en los adultos. Todos saben que los adultos no hacen pataletas en la misma forma que los niños, pero hay comportamientos que lo son, así sea sin patalear, tirarse al piso, o tirarse del pelo, y el niño/a tiene una gran capacidad para detectarlas. El niño/a no piensa “mi papá/mamá tiene una pataleta”, seguramente su razonamiento será “si mi papá/mamá hace o dice esto o aquello, consigue lo que quiere” No subestimen la inteligencia ni capacidad de aprendizaje de sus hijos/as, les aseguramos que si algo hemos aprendido en tantos años con niños, es que a ellos nada les pasa por alto, de todo se dan cuenta.
  • Mostrarse contentos y orgullosos ante los primeros intentos de autocontrol del niño: Alabar su buena conducta y el hecho de haberse serenado y tranquilizado en la habitación donde ha permanecido aislado.
  • Reafirmar de manera muy positiva los logros del niño cada vez que tenga un comportamiento correcto y adecuado.
  • Recuerde que sus hijos están aprendiendo a CRECER y a generar confianza en ellos mismos, y que todo conflicto puede ser una oportunidad para crecer, y no un callejón sin salida.

Y para finalizar, como mencionamos siempre, es fundamental el ejemplo, el niño que vea en casa o en la familia, o en su círculo cercano, personas que actúan de forma “pataletuda” para conseguir lo que desean, no duden de que reproducirán esos comportamientos. Por eso es tan importante tener cuidado con lo que los niños presencian.

9May2018

Hoy en día es muy habitual escuchar a papás y mamás decir “Yo sólo quiero que mis hijos sean felices“. Efectivamente, éste parece ser el deseo de todos los padres del Siglo XXI: la “felicidad”.

Cuando se ahonda un poquito más en la cuestión de la felicidad de los hijos y se pregunta a papá y mamá que expliquen qué significa ser “feliz”, a menudo es difícil para ellos describirlo y comienzan a asomar otras dudas, como:

¿Qué significa evitar la decepción a su hijo?
¿Sería feliz si todos sus deseos se hicieran realidad y le diésemos todo lo que pide?
¿Proviene la felicidad de no ser regañado, siempre ser aceptado, no importa como él o ella se comporten?
¿Será un hijo feliz si él o ella están a salvo de las dificultades y luchas, si todo sale con facilidad?

Es más que probable que el éxito constante y la aceptación de todos los comportamientos de su hijo no lo conduzcan a la verdadera sensación de felicidad. Por supuesto, un hijo siempre debe ser alabado por el trabajo duro y reconocido por las mejoras en el comportamiento.

En primer lugar, el hijo debe sentir el amor de sus padres, expresado en cálidos abrazos y ánimo, incluso en los momentos más difíciles. Sin embargo, hay muchos beneficios que se obtienen al corregir a un hijo que deja de esforzarse, que no conoce sus límites y que por ello recibe la crítica constructiva de los que le aman.

Imagine un grupo de hijos y padres de familia en un parque: hay un columpio con barras para hacer escalada y balanceo en la selva. Ante el mismo hecho hay varias actitudes:

  1. Algunos padres dirigen a sus hijos hacia columpios más seguros, no les permiten acercarse al columpio de la selva, porque podría amenazar su seguridad.
  2. Otros padres acompañan a sus hijos al columpio de la selva, y cuidadosamente vigilan a medida que va haciendo escalada en las barras, lo que permite a los hijos intentar nuevas habilidades, aunque al mismo tiempo con el máximo cuidado para su seguridad.
  3. Un tercer grupo de padres se sientan en un banco absortos en la conversación con un amigo, mientras sus hijos se suben y mueven libremente, sin ninguna supervisión.

¿Qué tipo de padre es usted?

  1. El primer padre mantiene a salvo a su hijo o hija de un daño físico, pero evitando que el hijo experimente la alegría y el sentido de la realización de dominar una nueva habilidad, y de esta manera fomenta en el hijo el desarrollo de los mismos temores que el padre experimenta.
  2. El segundo padre permite que el hijo explore e intente nuevas habilidades, pero está allí como una red de seguridad por si el hijo experimenta cualquier dificultad.
  3. El tercer padre permite la total libertad de su hijo o hija en su recreo, sin límites sobre aquello que el hijo pueda hacer o ser.

En diferentes momentos,y escenarios, es probable que sea aceptable la actitud de cada uno de estos padres, pero la mayoría de las veces es mejor ayudar a los hijos con cautela a entrar en una nueva situación, permanecer a su lado, y hacer todo lo posible para evitar daños. Ésta posiblemente sea la mejor manera de animar a nuestros hijos a probar cosas nuevas, e incluso el miedo, mientras que ellos saben que estamos ahí si nos necesitan.

A veces, si somos conscientes de las capacidades de nuestros hijos, es aconsejable permitirles la libertad de explorar por su cuenta, teniendo la confianza de que pueden tener éxito sin tenernos a nosotros a su lado. Algunos ejemplos de ésto son:

  • Dejar a nuestro hijo en una fiesta de cumpleaños sin nosotros.
  • Permitir que nuestros hijos duermen por primera vez en casa de un amigo.
  • Animar a nuestros hijos a montar su bicicleta por el campo con un amigo.

Este mismo principio se aplica cuando se trata del comportamiento de nuestros hijos hacia los demás, ya sea acerca de compartir los juguetes, ayudar con las tareas, o hablar con otras personas. Al principio, nuestros hijos no saben cómo comportarse. Ellos no nacen con la capacidad de compartir, o poner la mesa, o decir “por favor” y “gracias”. Empiezan por modelar estas conductas de nosotros mismos. Poco a poco, se establecen las expectativas sobre estos comportamientos, y si las expectativas se cumplen o no, nuestros hijos experimentan las consecuencias apropiadas. Por ejemplo:

  • Les damos las gracias y un abrazo cuando se han colocado todas las servilletas y cucharas muy bien sobre la mesa.
  • Les quitamos el juguete, si su límite de tiempo para jugar con él ha pasado, o pertenece a otra persona (su amigo/a).
  • Esperamos que digan la palabra “por favor” antes de dar a nuestros hijos el objeto que desean.
  • Una motivante manera de gratificarlos por su cumplimiento, es colocar un adhesivo en una tabla cada vez que nuestro cumple con lo que se le pide, y después de 5 adhesivos, podemos ir a tomar un helado con él.

Y…”¿qué tiene todo esto que ver con ser “feliz?” Pues mucho, porque un hijo es “feliz” cuando se siente bien consigo mismo y se enorgullece de haber trabajado duro para obtener una nueva habilidad. Es “feliz” porque se siente seguro acerca de lo que se espera de él. Es “feliz” un hijo que se siente amado por sus compañeros, porque él o ella ha aprendido el valor de compartir y tratar a los demás con amabilidad. Es “feliz” el hijo que ha aprendido el valor de una sonrisa, porque él o ella ha experimentado muchas sonrisas todos los días de los que le aman. Es “feliz” el hijo que ha aprendido que, mediante el esfuerzo, puede gatear o caminar, o contar, o leer, o hablar con claridad y amabilidad, o cantar una canción, o saltar en un pie, o ir en bicicleta. Es “feliz” el hijo que se siente capaz, confiado y seguro. Es “feliz” el hijo que es respetado y apreciado por lo que él o ella es, al mismo tiempo que se anima a ser el mejor ser humano que él o ella puede ser. Es “feliz” el hijo que sabe que sus esfuerzos son valorados por los demás.

Sin embargo, aquellos niños que crecen en un ambiente en el que todo se les permite, no tienen límites, hacen siempre lo que desean y se acostumbran a obtener todo lo que piden sin esfuerzo, en el momento en que se integren en la sociedad, ya sea el inicio de su etapa formativa o la interacción con nuevos amiguitos, se verán frustrados al comprobar que se comienza a esperar de ellos valores y comportamientos como el esfuerzo, la disciplina, el compartir, un buen comportamiento hacia los demás, en definitiva, unas normas y reglas que están establecidas, lo cual les provocará una frustración por no estar acostumbrados a ellas. Todo esto puede traducirse en un descontento del niño que puede llevar asociada la insatisfacción y la infelicidad del pequeño.

Ayudemos entonces los padres y madres a que nuestros hijos sean felices, participando de una forma activa en su formación, corrigiendo y aconsejando constructivamente a los pequeños cuando tengan comportamientos y actitudes que no son adecuados o que no son los esperados por los padres, así como motivándolos a que consigan sus requerimientos a través de su propio esfuerzo.

Todos los padres tienen la fuerza y la sabiduría que necesitan para aumentar verdaderamente la “felicidad” de los hijos, que se sientan seguros y fuertes y con confianza y poder, hijos que atienden las necesidades de otros, así como las suyas propias, los hijos que contribuyen, por su parte, para hacer de nuestro mundo un lugar mejor.

La felicidad de nuestro hijo no es, por tanto, un estado abstracto o filosófico, la felicidad proviene de la vida cotidiana y la buena forma de educar de los padres ayuda a conseguirla.

9May2018

Tratamos a continuación una serie de consideraciones relativas a la dificultad que presentan algunos niñ@s con los alimentos, más concretamente a su negativa a recibirlos.

A pesar de que el rechazo a la comida es algo más o menos común en alguna etapa del niñ@ entre los 2 a 6 años de edad, es importante tener en cuenta todas las siguientes pautas, para que tal actitud no genere una situación de conflicto que convierta un momento tan importante y familiar como es el desayuno, almuerzo o la comida, en una situación tensa y conflictiva.

En primer lugar, hay que plantearse: “ ¿Por qué no come un niño?

Lo primero que hay que descartar es que la negativa del niño a recibir comida sea por algún problema de tipo médico que pueda presentar el pequeño.

Una vez descartada cualquier patología que pueda interferir en la ingesta de alimentos, hemos de tener claro que un niño, hasta que no alcanza una edad determinada, no sabe convencernos con sus palabras cuando quiere captar nuestra atención, por el motivo que sea.

Entre los 2 y los 6 años la mayor parte de los niños pasan por más de un episodio de inapetencia que se resuelven de forma espontánea sin originar ningún problema. Un niño sano al que se le ofrece regularmente una comida adecuada, no se alimenta mal, aunque tome muy poca cantidad e incluso algún día casi no coma nada.

Una buena forma que tienen l@s niñ@s para captar nuestro interés es negándose a recibir alimento. Esto se produce porque ve de forma clara que, inmediatamente, ponemos nuestra atención en él cuando dice que no quiere comer. En este punto hay que ser cuidadoso y saber detectar cuándo la no recepción de alimentos es una forma de llamar la atención, pues es algo que utilizarán los niñ@s como forma de manipular a los papás o persona que esté cuidando de él. Hay multitud de motivos por los que los pequeños desean llamar nuestra atención, unos pueden ser más comprensibles (ausencia del papá o mamá por motivos de viaje,…) y otros más en forma de pataleta (protesta porque desea algo que no se le da por algún motivo). En ambos casos es importante hablar con él y argumentarle el motivo, dejándole claro que no va a cambiar nada el hecho de que no quiera recibir alimento.

En este punto, reiteramos lo que ya les hemos mencionado en artículos anteriores, cualquier actitud o comportamiento que tenga como función llamar nuestra atención, cuanto menos atención le prestemos cuando inicia el comportamiento, más rápido el verá que no consigue su propósito y dejará de hacerlo.

¿El niñ@ come lo suficiente?

La principal preocupación de papá, mamá o persona que cuida del niñ@ es saber si está comiendo lo suficiente para su buen desarrollo y crecimiento.

Una buena forma de saber si el niñ@ recibe suficiente alimento es apuntar lo que come durante una semana. El mismo sistema se puede emplear cuando queramos ampliar la variedad de su dieta. Se le debe ofrecer una dieta variada y completa, y según las edades, las raciones serán de mayor o menor tamaño.

Muy importante, y motivo para otro artículo, es enseñar al pequeñ@ a comer de todo desde bebé (fruta, verdura, legumbres,…), con la finalidad de que más tarde, al no estar acostumbrado su paladar, comience a decirnos que tal o cual alimento no lo come porque no le gusta. Si no hacemos esto, reduciremos la dieta del niñ@ y le estaremos dando un motivo para no recibir alimento, el típico “mami esto no me gusta”. Si desde pequeños les acostumbramos a recibir una dieta variada, además de favorecer su correcto desarrollo y crecimiento con todo tipo de alimentos, más tarde no tendremos problemas de alimentos que no les gustan.

¿Qué hacer ante la inapetencia?

Los especialistas en psicología infantil coinciden en la idea de que si el niño se niega en rotundo a comer no se le debe a obligar a ello, aunque al menos se debe intentar. Lo que si está claro que no se debe hacer, es pasar horas delante del plato hasta que el niño coma (una cosa es la paciencia y otra la lucha hasta el agotamiento). Lo mejor es conseguir hacerle ver, que todo lo hacemos por su bien, o no será un niñ@ san@ y grande y no podrá hacer las cosas que hacen otros niños de su edad.

Hay que evitar, en la medida de lo posible, las recompensas materiales; es decir, premiarle si come con tal o cual cosa, ya que llevaremos al niñ@ a pensar que si come nos está haciendo un favor. En caso de recompensarle porque ha dejado la actitud de no querer recibir alimento, es mejor que opten por recompensas no materiales. Se puede hacer ver al niño que si no come lo que le servimos no podrá salir al parque con sus amigos, no podrá ver su película favorita o no podrá ir de visita a la finca de unos amigos. No obstante, siempre es mejor no tener que recurrir a estos términos. Hay que hacerle ver que comer es una obligación, no un capricho o un favor que nos hacen, así como hablarle sobre los beneficios que ingerir alimentos tiene para su salud y buen desarrollo.

¿Cómo ayudarle a comer mejor?

Las siguientes pautas son importantes a tener en cuenta para evitar el temido “no quiero comer”:

  • Proponga un menú escrito para toda la semana. Este menú, si el niño tiene más de dos años, será el mismo que el resto de la familia. El escribirlo evitará que se hagan cambios para adaptarse más a sus gustos, en el caso de que no quiera comérselo.
  • Debe haber un lugar específico para recibir alimentos, y siempre debe ser el mismo lugar. Los niños se sienten mejor si se respetan sus rutinas. Si una vez come en la cocina, otra en el salón, otra en su habitación mientras ve la TV y al día siguiente en casa de la abuela, le estaremos alterando sus rutinas diarias y esto comportará una fuente de distracción para él.
  • Evitar distracciones. La televisión no debe ser compañero habitual en la comida. Si durante ese momento proliferan los juegos, cuentos y disfraces, tenderá a prolongar el rato de la comida para que dure más la “función”. Nosotros mismos le estaremos apartando del objetivo, que es comer. Además, es muy importante fomentar la hora del almuerzo o la comida como momentos para compartir en familia, donde deben aprovechar para hablar y dialogar entre todos los miembros, creando así excelente ambiente de comunicación.
  • En la noche, hay que procurar que la comida no sea inmediatamente antes de irse a dormir, en primer lugar porque acostarse inmediatamente después de ingerir alimentos, puede provocar trastornos digestivos. Por otra parte, como decíamos en el artículo “El niño que no quiere ir a dormir”, si un niño pone problemas a la hora de irse a acostar y sabe que cuando acabe de comer debe hacerlo, sin duda utilizará todos los medios que estén a su alcance (“no me gusta, está muy caliente, no tengo hambre,…”) para prolongar al máximo el momento de la comida. Si esto se produce, es conveniente utilizar la técnica del reloj en la mesa para no demorar en demasía la comida.
  • Limitar el tiempo. Los niños pequeños no suelen tener buenas referencias del tiempo que emplean en hacer algo. A pesar de ello, hay que hablarles de que el momento del desayuno, almuerzo o comida, como todas las rutinas familiares (baño, juego,…) tienen un tiempo determinado para llevarse a cabo. Así como uno no se puede estar una hora en la ducha, tampoco se puede eternizar la hora del almuerzo. Para ayudarles es muy útil (en aquellos casos que haya una demora grande) colocar un reloj en la mesa y señalarles el punto en el que, al llegar la aguja grande a él, sonará una alarma que será la señal para retirarles la comida si no la han terminado. Lógicamente, para utilizar esta técnica, hay que tener en cuenta la edad del niñ@ y el tiempo aproximadamente “normal” que necesita para acabar sus alimentos. Como norma general, se puede afirmar que un niñ@ suele comer en unos 30 minutos.
  • No se debe ofrecer un plato alternativo si no quiere comer. Le ofreceremos una sola comida y si no quiere, pues no pasa nada. Se queda sin comer y no se le da otro plato distinto, pero sin dramas ni castigos. A un niño sano no le pasa nada si no le insistimos, ni le reñimos por no comer.
  • Es muy importante ofrecer una ración adecuada para el niñ@. En ocasiones la cantidad de alimento que se sirve al niñ@ es demasiada para su edad, lo cual puede provocar que, a la hora de almorzar o comer, no le apetezca recibir más alimento pues aún tiene en su estómago el exceso de comida anterior. Una ración demasiado grande hará que al niñ@ se le dificulte recibir las comidas posteriores o provoque el vomito del niñ@ por exceso de comida. Hay que servirle la ración justa para su edad.

Por último, y como les hemos recomendado siempre, es fundamental que papá y mamá hablen e informen a las personas implicadas en el cuidado del niñ@ con la finalidad que, todas las técnicas y recursos que la familia adopte, sean seguidas de igual forma para que todos vayan en la misma dirección. No sirve de nada actuar de una manera en casa, y, cuando los papás no estén, la empleada, los abuelitos, o la persona encargada, pase por alto las recomendaciones y permita que el niñ@ se salga con la suya, sea con este tema de los alimentos, o cualquier otro. Si esto se produce, rápidamente comenzaremos a escuchar la preferencia del niñ@ por “Almorzar / comer con tal o cual persona “ o “en tal o cual sitio”, en lugar de con los papás, y ello es un retroceso en el proceso iniciado de la correcta ingesta de alimentos.

Recuerden que papá y mamá son los responsables de la formación y educación de sus hij@s, así como de las normas que deben seguir. Cualquier otra decisión, además de poner en riesgo cualquier proceso que se inicie, puede acabar en situaciones de conflicto o desavenencias entre las personas que colaboran en la formación del niñ@.

9May2018

En el presente artículo hamos querido tratar sobre un tema que las familias nos suelen consultar con bastante frecuencia:

¿QUÉ HACER EN EL CASO DE QUE EL/LA NIÑ@ NO QUIERA ACOSTARSE?

En primer lugar, es bueno mencionar que este comportamiento o actitud, se suele presentar de dos maneras distintas:

  1. En unos casos, el niño/a manifiesta de forma clara y expresa “no quiero acostarme”, “no quiero ir a dormir”.
  2. En otros casos, no hay una manifestación clara, sino que más bien hay comentarios del tipo “déjame ver un rato más la televisión”, “voy a jugar”, “conversemos”, o bien se inician por parte del niño una serie de comportamientos como pueden ser no hacer caso de lo que se le dice, como si no oyese al papá o mamá diciéndole que es hora de ir a dormir, o bien abandona la estancia donde está la familia para iniciar alguna actividad diferente (juegos, tareas…).

A pesar de que en el segundo caso no hay una alusión clara al hecho de no acostarse, deben tener claro que la intención es la misma, es el rechazo al hecho de ir a acostarse.

Una vez mencionado esto, que nos parece importante, esperamos que las consideraciones que tratamos en este artículo les sean de utilidad.

Consideraciones

  • Un niño puede resistirse a acostarse por varios motivos, entre los que pueden estar:
  • Tener miedo de la oscuridad
  • Que le de miedo no despertarse (esto duele producirse en niños más grandes)
  • Se siente inseguro cuando está solo

Indudablemente, le gustaría más jugar o ver la televisión y, en realidad, preferiría la compañía y atención de sus padres.

Cuando los niños van creciendo, su vida social adquiere preponderancia, y puede ser más habitual el hecho de que a según qué horas aún están compartiendo con amigos, compañeros o visitas. No obstante, todos los niños deben tener su hora de acostarse y si se quiere paz en casa, los padres no pueden transigir en esta cuestión. Los papás o mamás que dicen « ¿no crees que ha llegado el momento de acostarte?», han declinado su responsabilidad y sus hijos no se acostarán a la hora adecuada; sin duda con esa pregunta los papás están dando la autoridad a su hijo/a en lo que se refiere el hecho de la hora de acostarse.

Los padres que siempre permiten al niño permanecer levantado «sólo un poco más», tendrán siempre problemas con el momento de acostarse. Cuando un niño/a ve que existe la posibilidad de que el papá o mamá transija, sin duda se agarrará a ella, y esto se producirá con más evidencia en niños que son nerviosos. De ahí pues que para muchos padres, conseguir acostar a sus hijos es una más de las batallas al final de un largo día, justo en el momento en que ellos necesitan tiempo para sí mismos.

En nuestra opinión, creemos que todos estos consejos pueden ser de utilidad a todos los padres, pero en el caso de los padres primerizos puede zanjar los problemas nocturnos antes de que empiecen. Si la hora de acostarse ya es un problema, será necesario planificar nuevas iniciativas para conseguir que el niño duerma. Es importante decidir lo que se hará, que el niño sepa que el cambio es inminente y que el día 1 hay que poner el plan en marcha.

Hay otro aspecto muy importante y que puede derivarse del hecho de no querer acostarse o demorar la hora de hacerlo, que es la disminución paulatina de las horas de sueño y los perjuicios que ello puede ocasionar para el niño/a. En ocasiones hay desconocimiento sobre este asunto, y pocas familias se plantean esta duda a la hora de fijar la rutina de su niño/a. Sin duda, la ciencia ha demostrado que la falta de sueño es perjudicial para los hijos, sean bebés, niños o adolescentes.

Cada niño es un mundo, y no existen reglas sobre cuántas horas necesitan dormir. Sin embargo es fácil detectar si sus hijos necesitan más horas de sueño porque, al no tener tantos recursos como los mayores, suelen manifestar la necesidad a través de ciertos comportamientos que debemos aprender a interpretar.

La irritabilidad, problemas atípicos con la psicomotricidad, falta de rendimiento o problemas con sus amigos en el Jardín, el colegio, falta de resistencia ante los virus más comunes…. Todos estos factores y otros pueden servir para decirnos que el organismo de nuestro hijo está pidiendo descansar más.
A continuación, y sin querernos extender demasiado en este tema de las horas adecuadas de sueño, les detallamos algunas cosas que deben tener en cuenta en el momento de determinar si su hijo duerme lo suficiente:

  • Los bebés recién nacidos duermen hasta 16 horas por día. Al principio, se despiertan cada dos o tres horas para comer.
  • Dormir bien es importante desde el punto de bienestar de un bebé y un niño.
  • Por la noche el cuerpo produce más la hormona que estimula el crecimiento. Por lo tanto, el sueño es un factor muy importante para el desarrollo de los niños.
  • Entre los seis meses y un año, los bebés duermen hasta cinco o seis horas interrumpidas.
  • Los niños entre un año y cinco años duermen hasta 12 horas al día.
  • Un niño en la edad de preescolar puede necesitar entre 10 y 12 horas al día.
  • Un niño escolar debe dormir unas 10 horas al día.
  • El sueño de cada niño depende de la necesidad individual de cada uno. Si un bebé tiene suficiente con 10 horas, es feliz y sano, no tienen porque preocuparse los padres.

Es obvio decir que, antes de empezar a preocuparse por las horas que duerme su hijo, los papás o adultos responsables del niño deben analizar los hábitos del núcleo familiar. Si un niño/a no duerme suficientes horas, no es responsabilidad suya, sino más bien del adulto que es el que debe establecerle las rutinas. De la misma manera que a nadie se le ocurriría regañar a un niño porque no se amarra bien los zapatos sin que se le haya enseñado, nadie puede pensar que un niño por sí sólo va a determinar a qué hora debe acostarse o cuántas horas de sueño son adecuadas para él. Eso es responsabilidad, única y exclusivamente del adulto. En nuestra opinión, si el niño vive en una familia en la que el horario es “flexible” y no existe una rutina fija, seguramente hay una conexión entre los trastornos de sueño de su hijo y la organización familiar.
En todo caso, el perjuicio que puede causar el hecho de no descansar las suficientes horas, daría para un artículo diferente. La finalidad del presente es ayudarles a corregir la conducta de no querer acostarse por parte del niño. No cabe duda de que, asociada a la modificación de esa conducta en el niño, vendrá un adecuado descanso.

Orientaciones

1. Decidir cuándo hay que acostarse

Es muy importante que los papás decidan el momento preciso en que el niño debe acostarse y, una vez decidido, proceder siempre de la misma manera y con firmeza. Esto no significa que los padres deban ser absolutamente rígidos e insistir en que el niño debe estar siempre en la cama a las ocho en punto, aunque precisamente en aquel momento acabe de llegar papá o esté en casa la abuelita. Sin embargo, cuanto más capaces sean los padres de concretar el momento de acostarse, más fácil será conseguir que el niño se duerma a una hora fija.

2. Crear hábitos para ir a dormir

Los niños encuentran seguridad en la rutina, les gusta la seguridad de lo habitual y es importante disponer de ciertos objetos con los que pueden contar. Por ejemplo, tener su juguete preferido en la cama, junto a él, cada noche. Besar a todo el mundo antes de irse a su habitación y después todo el mundo tiene que ir a darle un beso cuando ya está en la cama; a otros les puede gustar colocar alguna muñeca bajo la manta, junto a ellos

Tanto los rituales como los detalles reconfortantes de seguridad, tales como cobijas preferidas, muñecos, de los que dependen algunos niños, les sirven para separarse de los seres queridos y pasar del estado de vigilia al de sueño.

Los padres no deben reírse de los hábitos del niño, y por otra parte, tampoco deben consentir que se vuelvan demasiado “exigentes”. Se ha de limitar el número de juguetes que el niño se lleva a la cama, por ejemplo, se puede llevar un libro o un juguete, que él escoja. Algunos niños, como estrategia para demorar el momento de irse a acostar, alargan este proceso, lo que comporta quince minutos adicionales para conseguir que, por fin, se vayan a la cama. Los padres deben ser conscientes de si se está produciendo ésto para no permitirlo, pues de esa manera el niño está consiguiendo lo mismo pero disimulado por el hecho de estar ya en la cama.

3. Hábitos nocturnos regulares

A los niños siempre les gusta saber lo que ocurrirá un instante después de ahora. Unos hábitos nocturnos regulares conseguirán que el niño sepa que el momento de acostarse se acerca y que ha llegado el momento de parar. Se puede seguir esta guía para establecer una rutina nocturna.

4. Simplificar:

  • a) Tomar en consideración el horario de la familia y las preferencias del niño. No comenzar con normas que después no se seguirán. La rutina de acostarse debe proporcionar una sensación de seguridad cálida, un final del día confortable. Se discutirán por encima las incidencias del día que termina y se planearán cosas para el día siguiente. Preparar sus ropas para el día siguiente, junto a los libros, será de utilidad para niños más crecidos. Leer un cuento o comer una galleta ayudará a otros niños a entender que ha llegado el momento de acostarse.
  • b) Utilizar señales que hagan patente la rutina. El niño debe saber cuándo empieza la rutina del momento de acostarse. Puede ser tan simple como decir «el momento de irse a la cama es el momento en que termina tal o cual programa de televisión». También son de mucha utilidad las señales visuales, como por ejemplo el siguiente recurso.

– Se dibuja un reloj con las agujas señalando el momento de acostarse y se coloca cerca del reloj real. Cuando las manecillas del reloj real coincidan con las del reloj que hemos dibujado, el niño sabe que es el momento de irse a la cama.

– En el caso de niños más grandes que ya comprenden que el movimiento de las agujas del reloj significa que ha pasado tiempo (aunque no sepan aún interpretar la hora), se puede hacer indicándoles el punto en el que, al llegar la aguja, será hora de iniciar la rutina de acostarse.

  • c) Es importante mantener al niño calmado. Las peleas o los juegos muy activos inmediatamente antes de irse a la cama, no preparan al niño para dormir. Somos conscientes de que en ocasiones esto resultará difícil, sobre todo cuando haya visita en los momentos previos al acostarse, pero es importante que los padres hablen sobre la forma de proceder con las personas que se encuentren en la casa para, de esa manera, ir todos en la misma línea, que no es otra que proporcionar tranquilidad y relajación al niño antes de que se vaya a acostar.
  • d) En muchas ocasiones les hemos hablado sobre el “poder” que tiene la televisión hoy en día sobre los niños, por lo que es muy importante que, si los padres permiten que el niño vea televisión, hay que vigilar que no se encuentre viendo programas que no son adecuados a su edad o aquellos que puedan suponer una alteración de su estado de tranquilidad previo a irse a acostar.
  • e) Media hora antes de acostarse, el niño debe encontrarse relajado para cuando llegue el momento. En lugar de jugar a peleas con el papá, una guerra de almohadas, o un juego de pelota, serían más adecuadas unas costumbres sosegadas que incluyan la higiene habitual, la lectura, la narración de cuentos o la música tranquila.
  • f) Hacerlo especial. Lo ideal sería que el momento de acostarse fuera cálido y acogedor. Tanto para los padres como para el niño es un momento de calor y de seguridad. A muchos niños les encanta escuchar una y otra vez el mismo cuento antes de irse a la cama. A otros les complace escuchar cuentos inventados, mientras que a otros les divierten las canciones infantiles como costumbre en el momento de acostarse.
  • g) No hay que pensar que los niños algo mayores no necesitan estos hábitos. Incluso a los preadolescentes les encanta que les lean o bien les gusta utilizar estos momentos para charlar de algo importante con sus padres o preguntar algo antes de que se convierta en un problema. El momento de acostarse es una excelente oportunidad para los padres de acercarse a sus hijos. Los hábitos al acostarse, que comienzan en edad muy temprana ayudarán al niño toda su vida. Algunos niños adquieren el hábito de leer, otros escriben su diario o planifican el día siguiente. Otros hacen ejercicios de relajación.
  • h) Se ha de ser flexible, pero también se ha de saber cómo terminar las costumbres rituales. Si no se sabe cómo tomar la decisión final, cuándo ha llegado el momento de apagar la luz y de dormir, la rutina nocturna puede convertirse en algo cansado o interminable. Los padres no deben permitir evasivas por parte del niño, ni dejarse convencer de seguir leyendo «un cuento más». En vez de esto, se ha de anunciar de antemano las historias que se leerán aquella noche y cumplir lo que se ha dicho. Si establecer límites es un problema para algunos padres, pueden apoyarse en otras ayudas, como su reloj o un minutero. Hay que decir al niño que «cuando el reloj marque las 9:30, ha llegado el momento, luces apagadas, o en 15 minutos el reloj sonará, lo que significa apagar la luz».

Es importante mencionar que todas estas consideraciones, que suavizan el momento de acostarse, también deben seguirlas, en el caso que los padres no estén con el niño, las personas que cuiden de él (empleada, tía, abuelita,…) cuando ponga al niño en la cama.

5. Hablar con el niño de sus miedos y angustias

Cada individuo, incluyendo los niños, tiene temores que tienden a manifestarse de noche. El sólo hecho de apagar la luz comporta una falta de visión que, en muchas ocasiones deja volar la imaginación del niño. Para evitar esto es importante controlar qué cosas el niño ve u oye, ya sea en la televisión o en otro lugar. Los padres deben animar al niño para que hable de sus miedos, problemas y preocupaciones, a fin de poderlos solucionar, ayudando a que se duerma, e intentar también, un ligero masaje en la espalda.

6. Hacer frente al hecho de levantarse continuamente

Papá y mamá han seguido todos y cada uno de los hábitos v rituales del momento de acostarse. Samuel se ha metido en la cama hace unos instantes, pero ya no está en ella. Después de diez minutos, ya vuelve a estar en el salón, pidiendo un jugo. Esta situación, que seguro les resulta muy familiar, es de las más habituales en el momento de acostar a un niño/a.

Para solucionar este problema, están todas las técnicas descritas aquí. Hay niños a los que les bastará la aplicación de una de las técnicas, en cambio para otros niños será necesario aplicarlas todas para conseguir que permanezcan en la cama.

En este sentido, puede ser útil llevarle a la cama y ponerle un despertador que suene al poco tiempo. Dígale que regresará a su habitación antes de que suene. Gratifíquele con un masaje en la espalda por permanecer en la cama. Gradualmente, alargue el tiempo que debe permanecer en la cama antes de obtener la recompensa, ya sea un masaje en la espalda o algo que al niño le guste para desayunar. Si es necesario, utilice de nuevo el minutero, y después siéntese y léale hasta que el niño se haya dormido.

Hay que enseñar al niño cómo irse a la cama. Algunos niños pequeños no consiguen relajarse lo suficiente para poder dormir, por lo que se les pueden enseñar las técnicas de respiración y de relajación. Los padres pueden acostarse un rato al lado del niño y hablarle de lo que hay que hacer para quedarse dormido. Dígale que cierre los ojos y en un tono de voz suave cuéntele el cuento de cómo las olas del mar se siguen unas a otras para jugar y vuelven a casa una y otra vez. Recuérdele que debe echarse y quedarse quieto y tranquilo, con los ojos cerrados y recordar las olas. También se puede usar la imaginación para pensar en sus propias escenas para quedarse dormido. En el Jardín, los niños de 4 y 5 años ya conocen técnicas para relajarse, pues las utilizamos de forma regular en momentos en que en el salón no se tranquilizan. Por ejemplo una técnica que utilizamos en el Jardín es que cierren los ojos, se pongan en una posición cómoda, respiren profundamente (sin permitir la exageración y que se convierta en un juego) y decirles que: “escuchemos nuestra respiración” o “escuchemos el silencio”. De esta manera se calman y relajan.

También es bueno colocar junto al niño todo lo que se necesita para la noche: un vaso de agua, una cajita con una linterna, su juguete favorito o la música para escuchar antes de dormirse.

Para los niños más pequeños que aún permanecen en la cuna pero son lo suficientemente mayores para hablar, los hábitos nocturnos, a menudo, requieren actos más definitivos que exigen decisión por parte de los padres. Supongamos que se les ha arropado y se les ha dado un beso de buenas noches por cuarta vez, mientras se abandona la habitación diciendo: «Buenas noches, me voy a la cama>>. Se debe cerrar la puerta y no volver atrás, aunque el niño llore (a menos que se pueda pensar que el niño se encuentra realmente mal) durante un tiempo prudencial. Si después de ese tiempo el niño aún llora, se ha de volver a su habitación indicándole que se duerma, besarle y salir de nuevo durante otro tiempo. Si es necesario, hay que repetir esta rutina cada noche, hasta que el niño perciba que su táctica no da resultados. Importante: si el niño cesa de llorar, no regrese a su habitación para comprobar qué ocurre hasta estar seguro de que el niño está profundamente dormido o, de otro modo, el niño reincidirá.

En algunas ocasiones es útil y a los niños les gusta mucho utilizar un gráfico en el que se les gratifica. Un gráfico del momento de acostarse es eficaz para los niños, permitiéndoles ganar puntos para alguna recompensa deseada. Al principio, los padres pueden darles puntos por permanecer en la cama durante cinco minutos, después se ha de prolongar gradualmente el tiempo requerido para acumular los puntos necesarios. Lógicamente, este gráfico se trabaja a la mañana siguiente, no en el momento de acostarse pues se obtendría lo contrario, la excitación del niño por tener más puntos.

No discuta, si el niño suele salirse con la suya, será preciso aplicar aquellas consecuencias que los padres saben que no gustan al niño, como son la pérdida de privilegios, jugar menos rato al día siguiente, no ir al parque a jugar el rato que se acostumbra, …

7. Debemos reforzar la cooperación del niño

Utilizando palabras y acciones, hay que dar al niño respuestas positivas por su cooperación en el momento de acostarse. Planificar la rutina y llevar a cabo el plan completo a la vez. Puesto que a veces es difícil modificar comportamientos establecidos, se puede necesitar, de entrada, ofrecer recompensas, quizás utilizando el gráfico del momento de acostarse si este momento se ha convertido en la lucha de cada noche. Se pueden dar puntos por respetar las costumbres del momento de acostarse y porque el niño ha permanecido en la cama, antes de dormirse. Al principio puede darse al niño una recompensa cada noche. Las recompensas pueden incluir, por ejemplo, llevarlo al parque más rato de lo habitual, sábanas especiales, chocolates debajo de la almohada, gratificarle diciéndole que van a comunicar su buena actitud a su profesora en el Jardín (la profesora lo gratificará ante sus compañeros ese día) o un dulce antes de acostarse, al día siguiente.

Entretanto el niño acumulará puntos para una recompensa mayor que le costará más esfuerzo ganarse. Las grandes recompensas se escogerán entre las cosas o actividades que los padres saben que el niño quiere.

Habitualmente el niño que no quiere ir a la cama a su hora, es porque tiene algo más entretenido que hacer. En este sentido fije un horario muy definido para ello y hágalo cumplir siempre. Si el niño ve que puede variar este horario lo hará. Uno de los trucos que intentará será el de “hablemos”, o preguntar tratando de postergar el momento.

Otra causa de negativa para acostarse puede ser el temor a quedar solo en su habitación. En este caso conviene que uno de los padres lo acompañe y lo acueste descartando, en caso que el niño haga alguna alusión, cualquier peligro y dejando la puerta abierta y prendida alguna luz distante. Siempre es bueno halagarle, diciéndole lo grande y valiente que es por haber logrado dormirse solo/a.

Otras actividades que ayudan en este sentido son instaurar rutinas que relajen al niño como leer cuentos o contarle historias previas al acostarse de tal manera que la secuencia vaya cumpliéndose de la forma establecida.

Si el niño llora y dice que tiene miedo, regrese a la habitación y cálmelo durante algunos minutos y asegúrele que Ud. va a estar muy cerca y atento.

Si el niño se levanta de noche y va a su cama, regréselo a su habitación una y otra vez, explicando que cada uno tiene su cama y que todas son seguras y tranquilas. Hay que explicar al niño/ que, así como papá y mamá no van a acostarse con él en su cama, él no debe ir a acostarse a la cama de mamá y papá. Si Ud. cede en alguna oportunidad le será muy difícil volver a lograr que esta actitud se revierta. Lógicamente se puede exceptuar ésto en el caso de alguna enfermedad del niño/a. En este caso, es preferible que instale un diván o una silla plegable para vigilarlo en la habitación del niño, o bien coloque un despertador para controlar sus molestias cada cierto tiempo. Una vez que la enfermedad haya pasado volverá a cumplirse la rutina previa, explicándole al niño que ya está normal y no necesita cuidados especiales.

Durante el día no permita siestas prolongadas y en las mañanas despiértelo a la hora fijada de antemano.

Hay muchas familias que, durante el fin de semana o las vacaciones “flexibilizan” la hora de acostarse de los niños. Esto puede ser bueno, ya que los padres pueden utilizarlo de manera que le digan al niño/a que le permiten acostarse más tarde como gratificación por haberse acostado durante la semana a la hora convenida. En ese orden de ideas, en el momento en que el niño/a no proceda correctamente durante la semana, se le debe hacer saber retirándole esa “gratificación” del fin de semana, lo que hará que durante el fin de semana se acueste a la misma hora que durante la semana. Esta “flexibilidad”, que reiteramos puede ser buena manejándola en forma de gratificación, no es bueno que se convierta en que el niño se acueste a horas intempestivas, se le permita presenciar programas en la televisión que están fuera del horario infantil, o bien que acompañe a los adultos en reuniones en la casa en las que haya consumo de bebidas alcohólicas. Es muy bueno en este sentido aprovechar este rato “gratis” del fin de semana para compartir más en familia con los niños.

Para terminar, y a modo de resumen, como les hemos mencionado en muchas ocasiones de forma verbal, el momento de acostarse no es más que otra de las rutinas que los padres deben establecer en la casa, de la misma manera que está la rutina del baño, del almuerzo o de la comida. Recuerden que ustedes son los adultos de la casa, y como tal, son los que deben establecer las normas, no esperar que sean los niños los que lo hagan.

Estamos convencidos que siguiendo estas recomendaciones, tanto para los padres como para los niños/as, les va a resultar más fácil el momento en que los niños/as deben ir a la cama. A los padres porque les ayudará a reducir el conflicto diario en el momento en que le dicen a su hijo que debe ir a descansar, y a los niños también les ayudará, pues como ya les hemos dicho, las rutinas les dan seguridad y confianza, los niños agradecen, aunque no lo digan de forma verbal, la seguridad de lo habitual. Y por otra parte, colaboraremos con los niños a que duerman y descansen las horas adecuadas, lo cual les permitirá durante el día siguiente una actividad normal y adecuada a su edad.

Esperamos que el presente artículo haya sido de su interés.

17Abr2018

En el presente artículo, queremos compartir algunas reflexiones y pautas sobre la disciplina en los niños que, a nuestro juicio pueden ser de utilidad en la difícil y constante tarea diaria de la formación de sus hijos. Por supuesto, son pautas que no son cerradas y que son fruto de nuestra experiencia como Directores del Jardín Infantil Párvulos y del trabajo diario con niños durante más de 15 años, en la etapa de crecimiento más determinante en la vida de un niño, que va de los 0 a los 6 años de edad.

En muchas ocasiones nos encontramos con padres y madres de familia que se encuentran desorientados o contrariados por el comportamiento de sus hijos o hijas en la casa, más aún cuando tienen la posibilidad de observar el comportamiento del niño/a en el Jardín Infantil y comprobar que dista mucho del que tiene en familia. Esto se debe, en gran medida a que:

  • Los niños/as saben y son conocedores de que en el Jardín Infantil hay unos límites y normas que deben cumplir,
  • Los niños/as saben que no están solos y que hay más niños en la Institución, por lo tanto se ven obligados y se acostumbran a tener paciencia, a esperar en sus reclamos y a no obtener respuesta inmediata a todas sus peticiones pues hay más niños/as en el Jardín Infantil, aspecto éste que en muchas ocasiones no se da en la casa.

Estas son las dos causas principales de la diferencia de comportamiento de los niños/as entre los dos contextos, el Jardín Infantil y la casa.

Fruto de esas inquietudes, hemos pensado en recopilar y facilitarles este conjunto de pautas y orientaciones, con la voluntad de hacerles llegar a todas las familias una ayuda, una información que les pueda sede utilidad

ORIENTACIONES SOBRE LA DISCIPLINA

1. Consideraciones

“Para la mayoría de los padres disciplina equivale al castigo y eso no es cierto.”

La palabra disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina tanto técnicas positivas como negativas. Cuando se trabaja la disciplina a los niños, se les enseña a comportarse. Se les dan instrucciones antes de pedirles que intenten poner algo en práctica.

Usted se convierte en modelo de comportamiento para ellos. Les señala una y otra vez aquello que están haciendo correctamente. Y cuando es necesario, les indica lo que no hacen bien. La disciplina eficaz es señalar: «Eso está bien», cuando el niño le lanza una mirada en busca de aliento mientras titubea. Cuando el pequeño va a tocar un enchufe, es decir que no
Es ignorar cuando un niño intenta repetidas veces interrumpir una conversación telefónica, pero también prestarle atención en seguida, después de que haya esperado su turno pacientemente. Y es enseñar a un niño más mayor que, aunque sea difícil, hay que saber renunciar a una disputa. Y a veces se trata de permitir que se produzcan consecuencias negativas naturales de su conducta cuando ésta no es la que los padres quieren. Los «síes» son muchas veces más importantes que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo se está comportando tal y como los padres desean.

El ser padre o madre no se completa en un día y la disciplina no es un esfuerzo intermitente. En ambos casos se trata de esfuerzos constantes y consecuentes siendo, al mismo tiempo, eficaces y afectuosos con el niño. Hay mucho que enseñar a un niño -valores, creencias y técnicas- y se requiere tiempo. Además, el niño no estará siempre dispuesto a aprender la lección. Por ello se sugiere que:

  1. Los padres aprendan a relajarse, de ese modo podrán afrontar acontecimientos imprevistos y esfuerzos baldíos con más calma y más eficacia.
  2. Hay que examinar metas y necesidades del niño para saber lo que se puede esperar.
  3. Se debe hacer lo posible por ser constante y consecuente, diciendo lo que se piensa y pensando lo que se dice, y mantenerse firme en ello.
  4. Se debe mantener una actitud positiva ante el oficio de padre y/o madre, reteniendo en la mente una imagen de cómo se quiere que el niño actúe y acordando indicarle los comportamientos que se consideran inaceptables.

Habrá ocasiones para señalar aquello que no guste, pero una actitud positiva reforzará la desaprobación del padre/madre cuando ésta sea necesaria.

2. Técnicas básicas de Disciplina

Es cierto que los padres deben empezar en una etapa temprana a construir una base para comunicarse con el niño, pero no se pueden esperar resultados hasta más tarde. Pasar de más consecuencias con menos palabras, a más comunicación con menos consecuencias es apropiado a medida que el niño entra en la adolescencia. En ese momento, los padres tendrán cada vez menos control sobre las consecuencias en la vida de su hijo. Los padres que tratan siempre de razonar con un niño muy pequeño, comprueban que el niño se hace más y más difícil al ir creciendo. Luego, cuando empieza a actuar como un adolescente, intentan ponerse duros con las consecuencias fuertes. Pero el adolescente que sólo está acostumbrado a las palabras, a menudo se rebela contra las nuevas restricciones más que el adolescente normal.

En general, lo mejor es usar más dirección con un niño pequeño y más comunicación con un niño más mayor. Por ejemplo, decirle a un niño de dos años que la estufa quema puede llegar a hacerle comprender con el tiempo que no debe tocarla, pero retirar la mano y decirle firmemente: ¡no!, le hace comprender de forma inmediata lo que se le quiere dar a entender. Por otra parte, un niño de trece años al que se encuentra bebiendo cerveza puede necesitar un castigo, pero no servirá de mucho si no tiene información sobre el alcohol y las drogas.

2.1 ¿Cómo deben escuchar los padres para que el niño hable con ellos?

a) Escuchar a través del comportamiento

Los padres se convierten en expertos en leer el lenguaje del cuerpo de los niños pequeños, pero muchas veces no se dan cuenta de que los niños siguen comunicándose a través de su conducta mucho después de haber aprendido a dominar el lenguaje.

Los niños más mayores y los adolescentes se comunican no verbalmente manifestando frecuentemente sus sentimientos cuando están bajo presión. Cuando el niño empieza a actuar de una forma distinta, es posible que no se trate de una nueva etapa de su desarrollo. Quizás intente comunicar algo.

b) Definir sentimientos

Con niños pequeños, lo mejor es ayudarle a definir sus emociones. Decirle que es normal que se sienta «molesto» y que cuando se siente así, debe pedir ayuda. Se debe añadir una consecuencia, tal como, «cuando tires las cosas no las volverás a ver durante dos días». También se puede sugerir una consecuencia tal como, «cuando necesites ayuda pídela, estaré muy orgullosa de ti y te ayudaré con gusto». Por supuesto que después hay que hacerlo, amablemente y en seguida

El proceso de enseñar a un niño a identificar y expresar sus sentimientos supone años y mucha insistencia, pero habrá muchas oportunidades para ayudarle a interpretarlos. A medida que se vaya haciendo mayor, se debe empezar a ser una especie de detective en lugar de dar la definición solamente, por ejemplo: “Suena como si estuvieras enfadado con Samuel”, o, «Parece que te preocupa algo. ¿Qué crees que es?» Luego, tras una corta charla, quizás el niño informe que está «celoso» de Samuel porque tiene más éxito con la gente, o porque lleva juguetes al Jardín,…El identificar los sentimientos es una habilidad que necesita refinarse, así que hay que ser paciente.

c) Tiempo para escuchar

Hay ocasiones en las que es difícil encontrar un momento para escuchar al niño, pero es esencial hacerlo si se quiere conseguir una buena comunicación y se ha de mantener la onda disponible cuando realmente se precise. También es esencial para él tener la oportunidad de hablar con el padre y la madre individualmente, especialmente en familias de padres sin pareja de padres de hijos distintos, o de divorciados. Cuando llega la adolescencia puede ser difícil empezar a escuchar y hablar. Pero si se ha comenzado pronto, la buena comunicación puede allanar el camino.

Se debe permitir a los niños que cuenten sus experiencias cotidianas y sentimientos a sus padres, que se sientan libres para darles detalles de lo que les está ocurriendo, no basta con mantener alguna conversación profunda de vez en cuando. La comunicación no es sólo una cuestión de calidad, sino también de cantidad. Este es un punto extremadamente importante y nunca se hará bastante hincapié en ello. Una gran conversación nunca compensará años de silencio.

d) Pasos que ayudan a mantener una comunicación con el niño, tanto en calidad, como en cantidad.
  1. Comuníquese regularmente. Asigne un rato cada día para hablar con el niño, aunque sólo sean cinco minutos a la hora de acostarse. Siéntese a hablar. El tiempo variará, pero el hecho debe fijarse en el horario.
  2. Dispóngase a hablar. Cuando el niño pide a sus padres que hablen con él o da pistas no verbales de que algo le está preocupando, es bueno sentarse en un lugar privado cuanto antes o acordar una cita con él para hablar más tarde. Particularmente con los niños pequeños, lo mejor es hablar en ese mismo instante. Normalmente se trata tan sólo de unos minutos y esto hace que el niño piense que lo que tiene que decir es lo bastante importante para que sus padres dejen lo que están haciendo y le escuchen
  3. Si no hay otro remedio que aplazar la charla, se debe asignar otro momento más tarde: «No podemos hablar ahora porque hay demasiado ruido, pero hablemos de ello en tu habitación esta noche en cuanto estén recogidos los platos de la cena». Asegúrese siempre de cumplir la cita.
  4. Préstele la máxima atención. Diga al resto de la familia que no moleste, acuda a un lugar privado y actúe como si tuviera todo el tiempo del mundo para escuchar. Preste al niño la misma atención que la que se prestaría a un amigo que viniera a hablar de un problema importante.
  5. Inicie la conversación. Algunas veces, cuando los niños quieren hablar, les cuesta mucho arrancar. De modo que pueden ser de ayuda frases como «Hablemos» o «Dime lo que te preocupa». Cuanto más específicas sean las frases de apertura, mejor. Se puede decir, por ejemplo, «Cuando llegaste del colegio hoy, parecías muy triste, ¿me quieres contar qué te ha pasado?». Si el niño indica que, en efecto, pasó algo en la escuela pero no quiere hablar de ello en ese momento, debe saber que habrá tiempo para hablar más tarde.
    Si el niño suele responder con una pequeña ayuda adicional, hágalo suavemente para ayudarle a arrancar. Intente contarle un cuento o lea un libro, verdadero o ficticio, sobre una situación similar. A veces la mejor manera de ayudarle a empezar es sentarse abrazándole y esperar tranquilamente a que arranque.
  6. Mantenga la conversación. Una vez que se ha comenzado la conversación, utilice todos los medios para mantenerla. Los adultos tienen la tendencia a dar soluciones, consejos, o incluso a hacer discursos a los niños. Hay que resistir la tentación. Muchos niños se quejan de que no pueden comunicarse con sus padres porque cada vez que lo intentan, se les lanza un discurso. ¡Simplemente hay que escuchar!
    Utilice preguntas para suscitar la confianza y para que el niño continúe hablando. « ¿Y entonces qué pasó?» « ¿Qué dijo?». O bien haga afirmaciones de apoyo que muestren comprensión por lo que el niño siente. «Seguro que eso te enfureció, a mí me habría herido mucho si me hubieran hecho eso.» O incluso exclamaciones cortas como « ¡Oh no!» o « ¡Aj!» pueden hacer avanzar la conversación.
    Trate de que el niño refleje lo que está haciendo, como una forma de persuadirle para que comparta sus sentimientos. Desarrollada hace muchos años por el Dr. Carl Rogers, esta técnica es utilizada por muchos terapeutas que trabajan tanto con niños como con adultos. También fue denominado «escuchar activamente»
    ¿Qué es escuchar activamente? El escuchar activamente significa repetir al niño lo que ha dicho o interpretarlo. Si el niño dice, «Juan me ha pegado», el padre responde, « ¡Te ha pegado!». A continuación, para conocer sentimientos más profundos, los padres pueden responder con algo como: “Juan es tu mejor amigo, seguro que te hirió mucho el que fuera él quien te pegara” Aunque no se acierte, incluso una interpretación poco exacta provocará, normalmente más respuestas por parte del niño.
    Sígale el hilo al niño como un científico simpático en lugar de un policía haciendo una interrogación. Los padres han de pensar que se deben poner a la altura de la visión del mundo que el niño tiene, no necesariamente de la «verdad» exacta sobre lo que ocurrió. No hay que exagerar ésta o cualquier otra técnica. Si se repite cada afirmación que el niño hace o se hacen demasiadas preguntas, quizás el niño se sienta incómodo o se interrumpa.
    Haga saber al niño que se aprecia su esfuerzo por compartir. Cuando el niño habla a sus padres de acontecimientos importantes de su vida, éstos deben expresar que les parece fantástico. Se le puede decir simplemente «Gracias por contarme esto». O quizás, «Sé que te habrá sido difícil hablar de eso. Me alegro de que sientas que puedes hablar conmigo cuando algo te está preocupando». Otra manera de compartir los sentimientos es abrazarlo.

2.2 ¿Cómo hablar al niño?

Si los niños se hacen los sordos continuamente cuando se les pide algo no es porque sean sordos. Se trata de una tendencia a desconectar hasta que el volumen de la voz paterna llega a un punto crítico determinado en el que el niño sabe que la cosa se está poniendo seria.

Para acabar con este problema se requieren dos ingredientes esenciales: los padres tienen que decir lo que piensan y pensar lo que dicen. Es decir deben elegir sus palabras con cuidado y después apoyarlas con acciones justas, consecuentes y con sentido. El niño aprenderá rápidamente a escuchar la primera vez que se le pida algo. Para lograr esto es preciso:

Establecer un contacto visual

Ya que los niños se distraen con tanta facilidad, los padres deben asegurarse de que el niño les mira cuando le están hablando. Este podría ser el factor más importante para conseguir que el niño siga las instrucciones de sus padres o simplemente para que escuche. Hay que enseñar lo que significa el contacto visual. Es muy útil en este sentido, enseñar con el juego de las miradas: sentarse cara a cara aproximadamente a un metro de distancia y ver quién es el primero en desviar la mirada. Cronometre al niño, indicándole cuánto tiempo aguantó la mirada. Si el niño es muy tímido o se siente incómodo mirando directamente a los ojos de sus padres, conviene enseñarle a mirar a la boca o a toda la cara.

Hay veces en las que es necesario usar el contacto físico para conseguir la atención de un niño. En este caso, es conveniente tocarle ligeramente el hombro o, si es necesario, orientarle hacia sí colocándole las manos sobre el hombro y girando al niño suavemente. Hay que usar esta técnica sólo como recurso e intentar eliminarla en seguida. En un niño más mayor un mero rozamiento de hombro podría provocar una confrontación inmediata en vez de conseguir que escuchara.

Cuando el niño mira a sus padres cuando éstos están hablando, es bueno elogiarle por ello y manifestarle que se le agradece. Más adelante, se le puede elogiar por escuchar y por hacer lo que se le pide sin demora.

Hablar con voz sosegada y firme

Si siempre se habla al niño con voz severa o se levanta la voz al pedirle algo, aprenderá a desconectar hasta que la voz de sus padres alcance el volumen máximo. Si los padres se dan cuenta de que cada vez levantan más la voz deben detenerse, respirar profundamente, restablecer el contacto visual, hablar lentamente y con mucha claridad. Decir, «Pedro (con largas pausas entre palabra y palabra, contacto visual), quiero…que…recojas…tu…ropa…y… que…la…pongas…en…el…cesto…ahora». Poner un «punto final» al final de la frase.

Evitar utilizar preguntas en lugar de afirmaciones

Si se le dice al niño, « ¿Te parece bien si recoges la ropa?» no sería de extrañar que contestara, « ¡Ahora no!». Si se le dice, «Ahora podemos fregar los platos», le da lugar a decir «No, ahora no». Cuando no hay ninguna duda sobre lo que se quiere que haga el niño hay que hacer afirmaciones definitivas que le indiquen exactamente lo que tiene que hacer, cuándo, dónde y cómo.

Utilizar frases sencillas

No se deben usar palabras que el niño no comprenda. Hable clara y sencillamente. No hable demasiado. Las instrucciones o explicaciones largas pueden hacer que el niño pierda interés o se olvide de lo que se le dijo al principio. Los niños tienen una capacidad limitada para recordar retahílas de información verbal. La comunicación corta y simple con su consecuencia lógica será comprendida y recordada infinitamente mejor que un largo discurso. En vez de extenderse sobre la responsabilidad, el significado del dinero y la inflación mundial, es mejor ofrecer al niño una elección clara: «O guardas la bicicleta ahora o no la verás durante el fin de semana».

Decir al niño lo que se piensa

Los padres deben explicar al niño los sentimientos que producen sus acciones o actitudes en lugar de criticarle directamente. Por ejemplo, «Me enfado mucho cuando dejas el cuarto de baño desordenado y lo tengo que limpiar yo». O, «Temía que te hubieras perdido cuando no llegaste a casa a la hora». Si se conjugan las frases en primera persona en lugar de en segunda se puede evitar la crítica, las culpabilidades, o el ataque directo sin dejar por ello de expresar emociones fuertes con eficacia.

3. CONSIDERACIÓN FINAL

Finalmente, es importante que destaquemos que todas estas recomendaciones no pretenden ser un dogma, sino simplemente una serie de orientaciones para mejorar el manejo de la disciplina y como ir aplicándola en la formación diaria de sus hijos. De todas maneras, no debemos olvidar que el punto más importante y principal es el ejemplo, pues los niños aprenden por imitación. Por lo tanto, ese será el punto de partida de cualquier pauta, el tomar plena consciencia de que es muy difícil, por no decir imposible, pedirle a un niño o niña una serie de acciones o comportamientos que son contrarios a los que él ve, vive y siente diariamente en su contexto más cercano.

17Abr2018

Para muchas familias, el inicio de la etapa del Jardín Infantil, es vivido como un momento traumático, lleno de inseguridades, dudas, temores, etc., en lugar de ser vivido como el inicio de una nueva y apasionante etapa que va a proporcionar al niño/a y a su familia grandes aprendizajes y enseñanzas, como una etapa que marcará para siempre la vida del pequeño/a y sus papás. Con la finalidad de ayudar a las familias que se encuentran en esta etapa, hemos elaborado el siguiente artículo, en el cual damos unas pautas a seguir y tener en cuenta por parte de las familias a la hora de enfrentarse a esta etapa del inicio de su hijo/a en el Jardín Infantil.

Unos días antes de iniciar el Jardín, papá y mamá le han dicho a su hijo que irá a un lugar con niños como él, donde jugará mucho con unas profesoras muy amorosas, que hay un parque, unos carritos para jugar, un rodadero y muchos juegos. El niño escucha lleno de excitación, le preguntan si mañana quiere ir y él dice que sí.

Llegado el día, papá y mamá le toman una fotografía con su pelo bien peinado, su delantal diminuto, su loncherita y morral nuevo que estrena para tal ocasión. Cuando llegan al Jardín, el niño rompe en un llanto inconsolable, se pone morado y la profesora dice que es normal, que no se preocupen que le pasará con el rato. Con el corazón apretado, la mamá se pregunta: ¿cómo pudimos habernos preparado mejor?, ¿estará muy inmaduro todavía para el jardín infantil?

La actitud de los padres y de las educadoras del Jardín es muy importante para que los primeros días en el Jardín Infantil sean el comienzo de una experiencia enriquecedora y un período feliz. El ánimo de los padres, sin duda, se contagiará a los niños.

La edad más aconsejable para empezar a llevar a un niño o niña al Jardín Infantil es relativa. Si el niño es menor de 2 años y ambos padres trabajan, lo más recomendable es que lo lleven a una Sala Cuna. Esto es porque, a pesar de que el niño cuente con cuidadora, asistenta, u otra persona idónea que lo cuide en casa, ésta nunca le podrá ofrecer todos los estímulos que el Jardín Infantil le ofrece. Formación profesional del personal, ambientes idóneos, estimulación visual y auditiva, contacto con otros niños y niñas, etc., éstos son algunos de los aspectos que el Jardín Infantil brindará al niño, y que una cuidadora en casa nunca podrá suplir…

Desde el punto de vista del desarrollo, alrededor de los 2 años los niños y niñas se interesan por interactuar con otros, por lo tanto, esta podría ser una edad oportuna. Sin embargo, desde el punto de vista del aprendizaje, la mayor oportunidad de aprendizaje en la vida es antes de los 2 años. En este periodo se producen las mayores conexiones neuronales, si se cuenta con un ambiente estimulante. Por lo tanto, asistir a un Jardín Infantil desde los primeros meses de vida es un gran potenciador de las capacidades de un niño, siempre y cuando el centro educativo sea de calidad.

Pero cualquiera sea la edad del niño, ese primer día será vivido de manera única por cada niño. Los procesos de adaptación varían por una infinidad de factores. Una niña o un niño que se siente querido, reconocido y respetado, va a tener una actitud frente al primer día de actividades mu diferente a aquel niño o niña cuya experiencia previa es de abandono e incertidumbre. En este último caso, lo más probable es que le va a costar mucho más adaptarse, llorando de manera insistente los primeros días.

Muchos niños viven esa sensación de abandono cuando sus padres salen del Jardín Infantil sin decir al niño que no van a estar, pensando que así les evitan un sufrimiento. De repente, papá y mamá han desaparecido; el niño/a, debido a que no tiene noción del tiempo, siente una enorme incertidumbre. En cambio si se le dice al niño que los padres van a salir, que van a volver y le muestran en el reloj a qué hora van a volver, los niños por muy pequeños que sean, lo van a comprender.

También es muy importante que el personal de la Institución esté cualificado; y su actitud debe ser receptiva, cálida, alegre y contenedora con los niños/as. Aunque se trate de una Sala Cuna –y sobre todo porque se trata de niños cuyo cerebro está en formación– el Jardín Infantil debe contar, necesariamente, con un proyecto educativo o plan de trabajo para el nivel. Siempre recomendamos a las familias que soliciten al Jardín Infantil información acerca de su Proyecto Educativo Institucional.

¿Qué actitud deben tomar los padres para ayudar a sus hijos en su incorporación al Jardín Infantil?

Si los padres se muestran temerosos, angustiados, preocupados, etc., la lectura que hace un niño/a es: “cómo será de espantoso ese lugar que mi mamá o mi papá está tan preocupado, seguramente algo terrible me va a pasar. Por lo tanto, lloro y hago todo lo posible para que no me dejen ahí, porque es peligroso para mí”.

Por el contrario, si los padres se muestran contentos de que el niño asista al Jardín Infantil, se muestran confiados, seguros y tranquilos, el niño pensará “ese debe ser un lugar muy bueno para mí”. Esta labor inicia desde el momento en que la familia toma la decisión de matricular a su hijo/a en el Jardín Infantil. A partir de ese momento debe iniciarse la labor de motivación, que debe incluir conversaciones con el niño sobre el nuevo lugar, sus nuevos amiguitos, las profesoras que lo amarán mucho,… También es muy útil pasar por el Jardín (puede ser transitar por delante) varios días antes de iniciar clases con la finalidad que al niño le sea un lugar conocido. Pero todo esto servirá muy poco si el día de iniciar actividades, papá y/o mamá muestran temor, angustia, tristeza o cualquier estado que el niño detecte como signo de desconfianza. Los niños, por muy pequeños que sean, son esponjitas y tienen la capacidad enorme de reconocer en un segundo el lenguaje corporal de sus padres.

Así pues, animamos a las familias que toman la importante decisión de iniciar con sus hijos el Jardín Infantil, lo hagan convencidos de que es un lugar en el que van a amar a sus hijos, un segundo hogar, donde inician la importante y fundamental etapa de aprender y, sobretodo, iniciar su interacción social con otros seres iguales que ellos.

Todas estas consideraciones deben ser tenidas en cuenta por todos los papás y mamás antes del inicio de la etapa en el Jardín Infantil.